Hijo mío, hace meses te escribí la primera y única carta. Te daba la bienvenida a nuestra vidas, era una bienvenida silenciosa, prudente, pero muy sincera.... ya sabes bien que de nada teníamos más ganas de que te quedarás y fueras tu el que hicieras real este sueño que hemos rozado tantas veces con los dedos... pero la incredulidad y el miedo, que ya conoces bien, me hacía cada día saludarte y despedirte a partes iguales.
Ha pasado el tiempo, lento, lento. Quizás mejor así, porque me ha permitido saborear por 100 cada día. Lo he vivido todo fotograma a fotograma, como en una peli antigua, mil veces proyectada. Cada ecografía grabada a fuego, cada sensación, cada patada, todo junto te ha ido dando forma y haciendo cada día más real y más mio.
Hace una semana te vimos en una ecografía 4D. Desde entonces miro tu cara unas 20 veces al día, deteniéndome en tus labios, tu mentón, y en esos carrillos que llenaré de besos. No puedo explicar lo que sentí al verte. Era como si te hubiera soñado toda mi vida y ya supiera de más cómo eras. Tengo la certeza que si me hubieran puesto la carita de mil niños más, me habría detenido en la tuya, y no porque haya visto ningún rasgo familiar en ella, si no porque mi corazón por alguna extraña conexión, sabía demás con que rostro latir más fuerte.
Desde entonces vivo enamorada, como los primeros años que pasé con papá...en ese estado de idiotez continua, en el que todo importa poco, porque lo que importa sólo lo sabemos tu y yo. Desde entonces mantengo conversaciones con gente, que tu interrumpes con alguna de tus patadas y las palabras se convierten en aire. El tiempo se para, miro al cielo y mis ojos se humedecen. Esto es real, hijo mio. El amor más real que he sentido nunca, ahora ya sin miedo.
Así que me levanto por las mañanas, contigo, siempre, con tus movimientos que ya me son tan familiares (¡cómo podré vivir sin ellos cuando ya nos estés en la barriga de mamá!) y vuelvo a mirar al cielo. La vida ha sido muy dura en ocasiones, ha pegado hasta dejarme inconsciente y sin aliento, y tu eres mil bendiciones después del infierno.
Quizás nunca entiendas lo que intento expresarte. Quizás algún día pienses en que tu madre la "loca de amor" está desquiciada y no consigas ver el porqué. No importa. El amor no se explica, y a veces no consigue entenderse. Soy la capitana de un barco, que buscaba tesoros, y que tiene en sus manos el cofre, aun cerrado, de todo lo que había anhelado. Y vuelvo a mirar al cielo, y vuelvo a llorar, esta vez de emoción.








